Dicen que las personas extraordinarias no hacen ruido, y mi abuela Agustina fue el mejor ejemplo de ello.
Nació en Mula (un pequeño pueblo de Murcia), en tiempos donde la escasez curtió a una generación entera. Pero ella no se endureció con la vida; al contrario, decidió transformar el esfuerzo diario en su forma natural de demostrarnos cuánto nos quería.
Huía de cualquier protagonismo. Si alguna vez intentábamos ponerla en el centro, celebrarla o agradecerle todo lo que hacía por nosotros, solía quitarse mérito con una sonrisa tímida. A menudo nos frenaba con una frase sencilla, casi de pasada: "Lo importante es que todos estéis bien". No era un lema estudiado, era simplemente su manera de entender el mundo: cediendo siempre el paso a los demás.
Agustina fue una mujer que encontró su absoluta felicidad en la nuestra. Entendió que el amor es un continuo "hacer" para que nosotros pudiéramos "ser". Trabajó de manera incansable desde muy niña, primero sirviendo en casas ajenas y luego construyendo su propio hogar en Bullas junto a su marido, Francisco.
Nunca ansió tener lujos ni acumular cosas. Su mayor triunfo era vernos a todos unidos. Al final del día, cuando por fin descansaba, a menudo se sentaba en su sillón con el rosario entre las manos. Si estábamos allí, nos miraba en silencio con la inmensa paz de quien sabe que los suyos están bien. Y si no estábamos, daba igual: sentíamos que lo seguía haciendo, cuidándonos desde la distancia con cada cuenta de ese rosario.